lunes, 12 de septiembre de 2011

Cartas

Resulta inconcebible comprobar que en este mundo, en el que existen asociaciones de amigos de la oveja merina, el día internacional del albinismo y patronazgos como el de Santa Tecla con los estudiantes de informática, nadie haya creado una ONG, una digna corporación de trabajadores sociales y psicólogos destinada a dar cobijo a las cartas de amor que no sabemos dónde guardar o que no somos capaces de cuidar como se merecen.

miércoles, 4 de mayo de 2011

Cemento

Como viene sucediendo con más frecuencia de la deseada, esta mañana he salido a la calle con un fragmento del material básico de esta ciudad en la boca del estómago: cemento. Creo recordar de mi escaso aprendizaje filosófico en las clases de bachillerato que los griegos consideraban que el alma se encontraba en el estómago. ¿O era la fuerza? Es igual. Ambas me habían abandonado.

De camino al metro, mil ideas sobre las que escribir y el insistente deseo de hacerlo. Sin embargo, a pesar de la suerte de encontrar un asiento libre para dedicarme a mi tarea con tranquilidad, no he encontrado el bolígrafo. He buscado y rebuscado por todos mis bolsillos, en mi mochila y mi anorak, pero mi búsqueda ha sido infructuosa.

He sentido un pesar enorme al considerar la posibilidad de que mis ideas se fuesen al traste con el paso de las horas, que como tantos otros días, la pereza se apoderase de mí llevándose las palabras de mis dedos.

Resignado, he decidido entregarme a palabras más certeras que las mías, y he abierto mi libro de Ribeyro. Y como si de una de sus casualidades, como si de uno de sus cuentos se tratara, al subir por las escaleras mecánicas he echado mano al bolsillo de mi abrigo en busca de un pañuelo y he encontrado mi bolígrafo.

Al principio he pensado que se trataba de una señal, de un guiño del porvenir deseoso de evitar que escriba textos deprimentes. Sin embargo, ahora me acecha la duda: ¿y si es este balón de cemento, y si es esta ansiedad la que se hace corpórea y me esconde mis enseres para evitar que purgue mi tristeza sacándola gota a gota de mí?

Ulises

Se hace persistente el cansancio de vivir con las venas desplegadas, esperando a que un viento desorientado deje de dar vueltas sobre su propio eje. Pero es peor estar en mitad del océano sin ancla que nos detenga en el vacío, que nos haga visibles desde un puerto en el que alguien nos pueda ver y entienda nuestros gestos de socorro en lugar de pasar fugaces como el deseo de un adolescente que mira al cielo.

Ya lo he probado todo. He tirado compañeros por la borda para aminorar la carga y he atado todas mis posesiones a una cuerda, pero no he conseguido hace de estas una rudimentaria ancla.

Ya solo queda aparecer y desaparecer en la distancia hasta que llegue, no ya un puerto en el que recuperar el tacto de la tierra, sino simplemente, un montón de rocas en el que encallar.

Londres: resumen

El error de las grandes ciudades es haber menospreciado el valor de las distancias. Es por eso que la providencia ha castigado a sus habitantes con la desorientación de no saber qué está cerca y qué lejos, obviando a la persona que roza su hombro y acariciando a la que sonríe en la pantalla.

Un año en silencio

¿Dónde están las palabras de un año? Un cuaderno desapareció, casi hecho añicos, esperando a un sustituto que se hizo de rogar. Muy pocas cosas vividas o quizá estas demasiado intensas, demasiado pesadas como para dejar algo de fuerza para una tarea tan dura como la palabra. Los músculos flácidos y el cerebro anquilosado por una montaña de quehaceres banales.

O quizá simplemente la montaña sea de excusas y la verdad se aproxime más al contagio de la indolencia, el haberme dejado mecer por las horas de metro y el falso cosmopolitismo. La inercia que nos mece en el transporte público y los trabajos mecánicos, el frío de los ojos que no me ven, que miran mis zapatos.

Una sensación de falsa pobreza, de soledad enlatada, un sueño prestado y la cabeza en standby mientras duermo.

Quizá sea culpa de esta ciudad, o quizá simplemente esta ciudad sea el chivo expiatorio perfecto para violar mis principios y mis aspiraciones y poder ser uno de tantos, un hombre plano y carente de inquietudes. Quizá se haya hecho peligrosamente apetitosa la idea de vendarse los ojos para ver el mundo como dicen que es, para así poder evitar las tareas más duras que nos da nuestra humanidad. Sentir. Pensar. Opinar.

Toma de contacto

Quizá no sea el momento de arrepentirse de las palabras, sino de reafirmarse en el silencio.

domingo, 14 de marzo de 2010

Domingo por la noche

Hace poco he descubierto wikiquote. Ha sido una grata sorpresa, ya que, como si de la magdalena de Proust se tratara, me ha transportado a mi infancia, cuando me desvivía en los mercadillos por comprar microlibros de frases y citas célebres. Ahora, cuando las clases se hacen pesadas y tengo un ordenador a mano, siempre acudo a este recurso.
Ortega y Gasset me susurra que la belleza que atrae rara vez coincide con la belleza que enamora, Nietzsche que el amor y el odio no son ciegos, sino que están cegados por el fuego que llevan dentro, y Kafka que el mal conoce el bien, pero el bien no conoce el mal.
Esta noche, como tantas otras, después de muchas horas de trabajo delante del ordenador (edulcoradas con cigarrillos, paseos por la red y retransmisiones deportivas), mientras me planteo si meterme en la cama o seguir despierto, arriesgándome a sembrar la semilla del cansancio en el devenir de la semana, me asalta una extraña sensación de tristeza. Extraña en sí misma, no por poco habitual, ya que me ataca con frecuencia. La música suena y sólo transmite melancolía, y el horror del domingo se acumula en las yemas de mis dedos, que presionan teclas y acarician mis párpados para apaciguar el sueño. El mal del cierre de la semana, del comienzo de una nueva, de estas cuatro paredes, de la distancia, parece no conocer el bien. Quizás sea porque este mal nace de esta habitación, de este vacío de libros y desorden de ropa, de la invasión del tendedero incapaz de quedarse fuera por la lluvia. La tristeza llama a mi puerta desde dentro, y me recuerda los días en los que tengo un perro que acaricia mis manos con su lomo, de una charla en la cocina siempre a punto de florecer, me recuerda una huida que quiero emprender y que no quiero que llegue nunca, las almohadas que he dejado tras de mí, inútiles, plagadas de pensamientos, incapaces de ayudar a ninguna nueva consulta.
Sin embargo, cierro este folio lo antes posible, me dirijo a la cama y confío en conciliar el sueño rápidamente, porque este mal indestructible conoce el bien. Esa es la razón de su fuerza. Es consciente de la bondad del sol en las avenidas, de los besos de la lluvia en el portal, de la eclosión de un cuerpo indemne en el zigzag laberíntico que cierra el contacto con las almas de la ciudad. El mal de la pantalla luminosa, de la habitación vacía, sabe de la existencia de aquellos que vienen a nosotros para arrancarnos de las entrañas la tristeza. Si no, ¿por qué atacaría con tal ferocidad?