jueves, 20 de agosto de 2009

Amor de verano

Si hubiera sido otro (es decir, yo mismo en cualquier otro momento de mi vida anterior a este), habría dejado que fueran el calor y la saliva los que dominaran nuestras bocas, en lugar de las palabras. Pero el calor y la saliva, a diferencia de las palabras, no se pueden recordar. (El mayor pesar de la vida del hombre es que el placer no tiene lugar en la memoria. Afortunadamente, tampoco el dolor.)
Si me hubiera dejado llevar tendría ahora mismo un traje de prisa y unos dedos inseguros, temblorosos. La camisa torcida, mal abotonada. Sería dueño también de la cara del orgullo. De dos latidos posibles, solo recordaría el de mi sexo.
Si fuera otro yo y no yo, no podría atormentarme con un recuerdo, con el temor de que ella deseara más a aquellos que no soy pero fui, con la idea desgastada de que por más que vea jugar a la gente, por más que lea las instrucciones, no aprendo a jugar a este juego ni a bailar si no es otro quien me lo pide y me lleva.
Pero, ¿qué sería de estos días sin la memoria de un cabello rubio, de las conversaciones fragmentadas, sin los fotogramas que mis ojos le robaron de sus piernas fuertes, de sus ojos pacientes mientras hacía fotos de lo desconocido?
Sin el sueño de sus músculos bajo la piel al danzar, sin las cábalas sobre lo que quisimos decir con el tercer idioma que hablamos (el de la intimidación de mis ojos y la desnudez de los suyos), sobre su traducción al idioma de la esperanza, estos días habrían sido tranquilos, apacibles. Me habría mantenido en el camino de la gente normal. Pero recordar y sufrir por vivir de la memoria apaga la nausea que produce vivir en paz con los hombres y en guerra con mis sueños.

El camino

Soy enemigo del repetido consejo de afiliarme a la maldad. "!Sufrirás!", exclama el exiguo ejército que trata de protegerme. "Has de cambiar tu estrategia para alcanzar la victoria". Pero, ¿acaso merecerá la pena entonces la victoria? ¿Cómo hacer comprender a mis soldados que no anhelo llegar, sino un hermoso camino?
No merece la pena ganar el beso de la felicidad con mentiras. Si la felicidad rechaza mi compañía por tratar de ser bueno, protector, escudo de abrazos, quizá la felicidad no exista, o no sea tan hermosa como esperaba. O peor aun, quizá haya vivido en un engaño y no sea la felicidad el grial que buscaba.

Renacer

El renacer de uno mismo es como el amanecer, que no se oye pero se siente. El espíritu del cambio hacia lo conocido se derrama, nos empapa de un pasado novedoso. Los paseos no son más que eso, un devenir de pasos que guían, que condenan, que enlazan puntos de partida con destinos que a la larga vienen a ser el mismo lugar.
Salir a la calle y descubrir gente nueva, nacida del presente, nos impulsa hacia la repetición de unos sentimientos que ya nos dieron placer o que acabamos por detestar. ¿Y acaso es esto vivir? Volver a sentir no es sentir: es recordar, plagiar la historia de un escritor que fuimos, negarnos a dejar que tras un viaje en el espacio o el tiempo sea alguien distinto quien vista nuestro cuerpo.

El tercer sexo

¿Qué son entonces aquellos entes que a pesar de portar el sello inevitable del cromosoma gemelo o de la imperfección convexa no tienen más sexo que el corazón, que follan con el corazón y carecen de anticonceptivos que eviten el embarazo rojo o los protejan de la venérea enfermedad de la piedra, del hielo, de la cicatriz endurecida?

martes, 4 de agosto de 2009

Escombros.


Mientras paseaba por la ciudad, que el sol del verano acabará por marchitar en pocos días, cuando ya ni siquiera queden pechos adolescentes ni risas en pantalón corto, bañadas en sudor, apareció ante mí una muchedumbre, una marabunta hipnotizada, una marea humana embargada por la curiosidad. Ante ellos, un edificio que no recordaba más allá de su mera existencia, que hoy sería incapaz de describir, se venía abajo a causa de las acometidas de una máquina (hidráulica, mecánica, eléctrica, nunca se me ha dado bien el vocabulario técnico de este campo) cuyo único objetivo era hacerlo añicos. La gente estaba quieta, observando. Yo estaba parado, entre la gente, observando a la gente. Un operario regaba las ruinas que con presteza pasaban a ser simples escombros, que no dejaban recordar qué imagen tenían cuando eran un todo. Supongo que como todos los edificios de la ciudad, excepto sus vecinos, nadie sabría describirlo con exactitud una vez hecho añicos. No sé si por propia voluntad, harto de los espectadores impasibles, por descuido, o simplemente fruto de una inesperada brisa, una finísima lluvia, como la de los aspersores del césped de los jardines, nos alcanzaba a los espectadores.
Tardé un rato en descubrir lo que ahora se adueña de mis pensamientos. Nunca he sido demasiado observador. Vivo por inercia, o acaso vivo en la inercia misma, y confío en que a cada momento se produzca lo esperado, que cada circunstancia y cada persona responda fielmente a los prejuicios (que no siempre han de ser negativos, más allá de ser juicios previos al conocimiento) que las definen. En aquel momento confiaba en estar rodeado de una abrumadora mayoría de ancianos, como siempre se produce en torno a una obra. Sin embargo (y es aquí donde por fin mi vaga palabrería tiene un valor importante, cuando de veras transmito la idea y no la circunstancia), descubrí a mi alrededor decenas de jóvenes. Estudiantes jóvenes, adultos jóvenes, jóvenes matrimonios. Escasos ancianos, ancianos que no detenían el paso, ancianos huyendo. Pero, ¿acaso no era aquello una obra? ¿No había albañiles, cemento, polvo y bocatas en papel de aluminio como en cualquier obra? Entonces, ¿por qué un público tan joven? ¿Cuál es el motivo de este cambio en el hábito, en la costumbre? ¿Cuál es el motivo de esta situación de desconcierto?
Llevo horas pensando en ello. Y parafraseando a Pessoa, he llegado a casa, pero no a una conclusión. Simplemente ideas, vagas hipótesis, aproximaciones, tentativas de conclusión incapaces de saciarme. Quizás, igual que con el paso de los años, al envejecer, huimos de las emociones fuertes, del riesgo, de la velocidad, de las atracciones de feria, del ruido y el peligro, huyamos del epicentro de un proceso destructivo, por algo tan sencillo como el miedo. Pero, ¿acaso somos tan estúpidos como para obviar que en cualquier proceso constructivo corriente, los riesgos de que nos abran la cabeza con un cascote son idénticos? No lo creo. Tengo en alta estima la inteligencia humana, pues me tengo en alta estima, y despreciar el intelecto de mis congéneres sería despreciarme a mí mismo. En ese caso, cabe la posibilidad de que el motivo no sea otro que la edad, la cercanía de la muerte, las experiencias vividas. Según esta teoría, los ancianos huyen de la destrucción, le tienen miedo, ya la han visto demasiadas veces, sus cuerpos mismos están a un paso de ella; en cambio, se detienen en las obras por su amor hacia la creación, por su envidia a los que de la nada sacan algo nuevo, sabedores de que ya no pueden hacer más que observar, ver cómo son sus hijos los que engendran, los que construyen, los que elaboran, los que cambian el mañana que ellos no alcanzarán a ver. Mientras tanto, los jóvenes, hastiados de tanta presión puesta sobre sus hombros, del peso de la responsabilidad con la que la sociedad los oprime, miran con envidia, con ojos de niño ante el mostrador de una heladería aquello que siempre se les ha negado, aquello que sólo unos pocos tienen el derecho a hacer mientras otros tanto lo anhelan. Todo niño a desmoronado de una patada el castillo de arena que sus padres le ayudaron a hacer, ante la reprobación de los mismos. Se nos han regalado mecanos, puzles, lápices, plastilinas, y se nos ha enseñado a conservar cuanto producíamos, que hacer de ello un amasijo de desperdicios no era lo correcto. Y así llegamos a la madurez, deseando destrozar algo grande, algo hermoso con nuestras propias manos. Hasta que nos hagamos mayores, y hayamos visto, sufrido tantas veces la destrucción por manos de otros que no hagamos sino valorar inútilmente nuestro decreciente poder creador, cuanto inventamos e hicimos real y no supimos apreciar.

viernes, 19 de junio de 2009

Nunca te dije (2)

Nunca te dije ni te diré que cuantas excusas puse para dejar de verte, que cuanto hice para que me odiaras y fueras tú quien pusiera todo de su parte para no volver a encontrarnos lo producía simplemente el miedo a parecer soberbio, prepotente, snob, al decirte que , por muy a gusto que estuviera a tu lado, odiaba que no leyeras, que no vieras buen cine (o lo que yo considero que es buen cine), que escucharas a esos lamentables grupos de quinceañeras incultas, que sospechaba que llegaría el día en el que tratara de hablar contigo sobre algo y simplemente me encontrara con tu cara estupefacta, con unos ojos que dijeran “no entiendo ni una palabra de lo que estás diciendo”, o peor aún, “ya es demasiado tarde como para conseguir que ese tema que tanto te preocupa llegue siquiera a interesarme”.

Nunca te dije (1)

Es curioso cómo para alguien como yo, que insiste en el silencio, que cada día quiere saber menos, escuchar menos, ser más desconocedor de cuanto sucede a su alrededor, de cuanto se siente, de qué se siente, lleguen momentos como estos en los que se echa la vista atrás y lo único que se ve es cada palabra callada, el “y si…”, lo que no ha sucedido. Quizá sea porque por más que me empeñe, el silencio sigue siendo algo antinatural para el hombre. De momento.
“Aquella noche casi ni sabía quién eras. Es más, aun sigo sin saberlo. Te había conocido unas horas antes. Casi no nos entendíamos y aun así nunca dejamos de reír. El sol se reflejaba en tus gafas y en tu piel. Tu sonrisa abarcaba la calle entera. A lo largo de ese día, cada vez que te marchabas, deseaba volver a verte. Tumbado en una cama que no era mía, inventando con dos amigos un mundo que nunca existiría, pensaba que no podría volver a verte hasta el día siguiente. La puerta se abrió y te volví a ver. Te reíste te de mi aspecto. Sonreí a tu risa. Estabas cansada, era tarde, y te tumbaste a mi lado. Te acercaste poco a poco a mí, o creí que lo hiciste, o lo hice yo, y puse mi mano en tu cintura. Estuve acariciándote durante un rato eterno. A la mañana siguiente me pareció que apenas llegaron a ser unos minutos. Me cogiste la mano y la acariciaste. Poco después, quien te alojaba te llevó lejos de mí para dormir. Mi boca cerrada dijo “quédate a dormir aquí, conmigo”. No lo escuchaste.
Al día siguiente me llegó un mensaje. Mis amigas querían verme. Decían que tú también querías verme. De camino hacia el centro recibí otro mensaje, de otra chica. No fui a tu encuentro. Aquella tarde pensé que tú te marchabas, que la otra chica seguiría estando cerca. Cuando te marchaste, vi que ella estaba todo lo lejos que alguien podría estar de mí. Y tu cintura seguía en mi mano. La primera noche en la que un metro no bastaba para verte, supe que fui a ver a la otra chica por un motivo insípido: ella era un polvo seguro. Y lo fue. Pero sólo eso. Un polvo. Y tú nunca has dejado de ser mucho más que eso. Nunca dejo escapar la posibilidad de investigar sobre ti, de simular indiferencia preguntando por ti para saber dónde estás, cuantos kilómetros nos separan exactamente. Busco tus fotos. Tú sonríes en la pantalla. Yo sonrío en mi habitación. Y te añoro. Añoro no haberte conocido más, durante una tarde.
Cualquier sueño contigo era imposible. Es imposible. Sin embargo, siguen compartiendo la cama conmigo aquellos dos días posibles, aquellos días en los que podríamos haber sido efímeramente, cinturas que nunca son tan suaves, sonrisas que nunca dicen tanto sin tan siquiera tener que salvar la distancia del idioma.
Desde aquella noche no he vuelto a verte.”