miércoles, 16 de abril de 2008

La distancia.

Hacía años que no veía una despedida con lágrimas, ni siquiera en los aeropuertos, donde las distancias que se emprenden son enormes. En cambio hoy, en la estación de autobuses de Granada, ante la puerta abierta de un autobús con rumbo a Algeciras (una ciudad casi a tiro de piedra, de ballesta como mucho), una chica se deshace en llanto, se hace aguamarina besando a su novio. Sé que llora sólo por la distancia, no por certificar una ruptura, unos días de discusiones, un adiós definitivo, pues los he escuchado decirse: “te llamaré cuando llegue”, “nos veremos lo antes posible”, “te voy a echar de menos”, “no quiero irme”.
Ellos se mueren de tristeza por tres horas de carretera, sólo por no tenerse cada mañana al otro extremo de la almohada, compartiendo el zumo del desayuno, por no poder llegar por la espalda del otro mientras friega los platos sucios y acariciar su abdomen, su cintura, meter las manos en los bolsillos de sus vaqueros, erizar con el aliento el vello de su nuca y besar su clavícula. Mientras tanto, los demás nos despedimos fríos, conformistas, con cara de “qué se le va a hacer”, “no hay más remedio”, como si no deseáramos poder improvisar hacer el amor al ver lo hermosa que está en el sofá del salón leyendo con una camisa vieja, cortar una flor de los parterres del camino a casa para acariciarla con sus pétalos, por toda su piel, ya desnuda sobre la cama, como si no nos importara que la distancia nos separe, o peor aun, como si lo que nos diera igual fuera el amor.

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